viernes, 24 de mayo de 2013

Amodio y los rompecabezas para armar



        El tema Amodio Pérez es complejo e intrincado por varias causas, fundamentalmente porque hace a un momento de la historia uruguaya en donde todos mentían. Guerra psico-política que le dicen.
        Cuando viene la democracia, una de las cosas más llamativas era el hecho de que ese semanarismo que emergía (Opinar, Búsqueda, Convicción, Jaque, Brecha y demás) trataba a su manera de abundar en la explicitación de los hechos.
        Recuerdo que una vez Ope Pasquet dijo en Opinar, allá por el año 81’, que esta no era época para hablar con sobreentendidos. Evidentemente, había un cambio en la mentalidad del sistema político uruguayo: Quedaba atrás la época de los susodichos, de las entrelineas, de la política vivida desde el subsuelo, en donde para salir al balcón había antes que saber qué estaba pasando en el sótano.
        Una forma viciosa de vivir la realidad política que a los que teníamos 15 años en el 72’ nos confundía más de lo que ya estaba de enrarecida la atmósfera moral en aquel entonces.
        Hoy todos, de Búsqueda a Brecha cuando informan, están como obligados a dar una pequeña clase ilustrativa del tema que tratan. Hoy nadie escribe con sobre entendidos.
        En aquellos años de plomo la gente –la clase media politizada- leía dos diarios por día: Uno de mañana y otro de tarde y los pocos programas de opinión como Sala de Audiencia o Conozca su Derecho suscitaban pasiones encontradas, así el tema fuera de filosofía o religión. La opinión pública, con un juicio valorativo a flor de piel por cualquier cosa, no estaba madura para procesar la información. Es evidente que el Uruguay en su conjunto no se  encontraba preparado para encarar el momento histórico que vivía.
        Pese a esa falencia, aquella era una sociedad en estado de asamblea, conmovida bajo el fuego cruzado de la situación económica y el terrorismo. Cada sindicato tenía su biblioteca y en todos lados se debatía. La función de los tupamaros –la palabra me divide la acción me une, hay que hacer, hacer y hacer y cosas así- fue ponerle fin a ese estado de asamblea en el que el Uruguay vivía. Era la ayuda, según Huidobro que le daban a los demás, para que no ocurriera lo de la Guerra Civil Española.
        Los tupamaros siempre fueron enemigos del debate público, siempre actuaron a la sombra sin rendir cuentas a nadie usando a otros de correo o de brazo político. Nunca le dijeron a la gente la razón por la cual hacían eso y generaron un estado de inseguridad colectiva que cuando vino la dictadura la mayoría –hay que decirlo- estaba de acuerdo con una mano dura. Se recuerda la Huelga General, pero no se dice que allí no estaban los tupamaros, ni los correos ni los brazos políticos y que la mayoría de la gente no acompaño ningún tipo de resistencia.
        Amodio Pérez es el único que habla claro y levanta la tapa del pozo negro. Por su condición de traidor queda desacreditado según los tupamaros como vocero, pero se obvia por esa vía, refutar lo que dice.
        Los tupamaros generaron una mentalidad de delincuente. No están arrepentidos por las cosas que hicieron y por haber violentado el estado de derecho hasta más allá del punto de no retorno, en donde el sistema político enfrascado en defender sus propias chacras “quemó las naves” y luego vino la noche. La entrada en la dictadura, los años 72’ y 73’ dejan un regusto amargo en la garganta, porque todo el mundo se había enemistado con todo el mundo. Muchos, después que perdieron la libertad empezaron a valorarla y aun así, es llamativo que ya en el 84’ a la salida de la dictadura, el clima moral de desconfianza generalizada era muy parecido al momento previo al golpe. Para algunos parecía un interregno, del tipo Cámpora y Perón para volver nuevamente al proceso, como quien toca la campana del recreo y dice: “Chicos, ahora tienen democracia”.
        Esos primeros años de la democracia estuvieron signados por el temor de que retornara el golpe.
        En todo ese proceso, los tupamaros fueron los grandes amnistiados de la historia política uruguaya, lo que está indicando la profunda falsedad de inventar luego el gran cuento de que se levantaron en armas contra una dictadura. No, se levantaron en armas contra el Gobierno blanco de la UBD a partir del 63’ y cuando vino la dictadura ya estaban desarticulados. Es al revés de las historias que cuentan; trabajaron para liquidar aquella democracia de entonces.
        Todos sabemos que cuando se combate más allá del límite necesario desde el punto de vista logístico y se reprime ininterrumpidamente un día sí y otro también durante mucho tiempo, se genera un efecto que es perverso: El victimario –los que atentaron contra el estado de derecho- se convierten en víctimas.
        La represión, cuando escapa a lo estrictamente necesario para desarticular la delincuencia organizada, victimiza al delincuente. Creo que esa es la deuda interna por la cual hoy pagamos con un gobierno tupamaro.
        Lo que Amodio viene a aportar es la pieza del rompecabezas que faltaba y demuestra, que todos, del primero al último son unos vulgares y silvestres delincuentes, que encontraron en la habilidad de hacer política con armas, -aunque sean de juguete-, el atajo que da autoridad para poder hablar en voz alta.